LA GRAN MISA DE LIMA En el CD de antología que presentamos identificamos valores estéticos que para sus creadores y primeros intérpretes fueron los elementos integradores de un conjunto de expresiones artísticas. Se ha escogido música de las principales ciudades del Virreinato del Perú, que al inicio abarcara desde Nicaragua hasta Tierra del Fuego. Tomás de Torrejón y Velasco (1644 – 1728), el más importante compositor español que trabajó en la Ciudad de los Reyes, fue Maestro de Capilla de la Catedral durante 52 años. Compuso para la Iglesia música litúrgica en latín y secular de temática religiosa en lengua romance. Incluimos: La Misa del Octavo Tono, una de sus más logradas obras, de gran sutileza expresiva y majestuosidad, rasgos poco frecuentes. Compuesta para dos coros, uno de dos voces solistas y otro mixto a cuatro voces, alterna el lirismo de las voces solistas con emotivas y dramáticas respuestas del coro, llegando en algunos pasajes a cumbres expresivas de gran solemnidad. Enigma soy viviente, un dúo para soprano y tenor a Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, combina elementos de la tradición musical hispana del Siglo de Oro con novedades del barroco italiano, en una estructura muy personal aunque afín al mundo teatral hispánico del período. Cuando el bien que adoro revela el contacto que el compositor mantuvo con el repertorio profano de moda a fines del XVII, y denota cierta ambigüedad en el supuesto carácter divino de las voces, probablemente representando a la Virgen y a María Magdalena, que expresan su dolor ante la Ascensión del Señor. El rorro navideño Desvelado dueño mío, que es una de las cumbres del villancico iberoamericano; en él Torrejón y Velasco juega con las pausas, solicitando al oyente el mayor silencio para no interrumpir el sueño del Niño, dando un carácter sutil a la música que crea una atmósfera de intimidad y dulzura. Según Rubén Vargas Ugarte S. J., este rorro se interpretó en la Catedral del Cusco más de veinte años después de la muerte del autor, junto a un anónimo Negro a la Navidad, típica negrilla donde los cantantes imitan la pronunciación del español de los esclavos. Este villancico, de autor desconocido, representa a un grupo de negros que alaba al niño Jesús. José Orejón y Aparicio (1706-1765), nacido en Huacho, es, probablemente, el mejor compositor americano de su época, injustamente postergado hasta la fecha en los circuitos especializados. Poseedor de impecable formación técnica, asimiló perfectamente el lenguaje del barroco italiano tardío, llegado al Perú con el violinista milanés Roque Ceruti (circa 1683-1760), a quien sucedió como maestro de capilla de la Catedral de Lima en 1760. De Orejón y Aparicio incluimos: La cantada para voz sola y violines Mariposa, compuesta para el Corpus Christi, que revela la calidad de la inspiración de este compositor, especialmente en los aspectos melódico y armónico, y su maestría para crear sobre las formas musicales típicas del barroco italiano (en este caso, una cantata compuesta por un recitativo secco y su correspondiente aria da capo). Gracias al Obispo de Trujillo, Baltasar Jaime Martínez Compañón (1738-1797), típico personaje de la Ilustración hispana, se tiene las primeras transcripciones de música popular iberoamericana llegadas hasta el presente. Registradas entre 1782 y 1788 en el códice Truxillo del Perú, se ha incluido dos arreglos de cashuas navideñas, Dennos lecencia señores y Niño il mijor, danzas de probable origen precolombino que recogen la emotividad y fuerza de las nuevas creencias religiosas en los pobladores de fines del XVIII. Cierra la antología la primera polifonía en lengua autóctona impresa en el Nuevo Mundo, Hanacpachap Cussicuinin, publicada en el libro Ritual Formulario e Institución de Curas (Lima: 1631), del franciscano Juan Pérez Bocanegra, experto en lenguas andinas, ex cantor de la Catedral del Cusco y cura de Andahuaylillas, quien recomendaba este himno a la Virgen en quechua para las procesiones, al ingresar los fieles a la iglesia. |
